lunes, 24 de febrero de 2025

 

Un ascenso merecido:

1,9884 Tumbes-Corrales – 9ª División Blindada, Fuerte 5 de julio

Aquella mañana de 1984, el sonido de la corneta despertó mis oídos, anunciando el inicio de un nuevo día. Rápidamente, al unísono y como un resorte, saltamos de la cama, arreglamos nuestras camas de manera ordenada y nos pusimos la ropa deportiva para salir al patio e iniciar las actividades físicas.

Un mes antes, habíamos entrenado bajo la supervisión de mi teniente, un ser humano extraordinario y un soldado del ejército como pocos. Lo recuerdo como un guía y amigo, con un carácter formidable: fuerte, serio y disciplinado. Sin embargo, había algo en él que lo diferenciaba del resto de los oficiales: su humanidad y su capacidad para conectar con los demás.

Los entrenamientos se realizaban por la tarde en el estadio del cuartel, donde se había acondicionado una pista atlética y una poza de salto largo. El teniente entrenaba junto a nosotros, él con sus zapatos con clavos y yo con mis zapatillas. Los entrenamientos eran intensos, muy intensos, y al final de cada jornada, quedaba completamente fatigado.

Para ese entonces, ya había alcanzado el grado de "Cabo", un ascenso que logré en tan solo tres meses desde mi llegada al cuartel. Las Olimpiadas Inter-Cuarteles eran una oportunidad para demostrar nuestra destreza como velocistas. Sabía cómo hacerlo, y, además, contaba con los valiosos consejos de mi teniente, lo que me permitió mejorar constantemente.

Este esfuerzo y dedicación marcarían un punto culminante en mi carrera dentro del ejército.

La hora cero y el par de zapatillas con clavos

El día llegó rápidamente. Recuerdo que esa noche la pasé pensando e imaginando cómo lograría el triunfo. Cerraba los ojos y la cinta comenzaba a correr lentamente en mi mente. Me visualizaba en la línea de salida, escuchando el "listos", y al instante salía disparado. Mis zancadas eran largas, mi cuerpo se elevaba con cada paso, mis piernas y brazos se movían al unísono, acelerándose hacia una sola dirección. Sentía mi corazón latiendo al 100%, bombeando sangre a cada uno de mis músculos. De repente, una voz fuerte me despertó, sobresaltándome. Miré el reloj y, con sorpresa, exclamé: "¡Chucha, ya es tarde!" Eran las 3 de la mañana.

No recuerdo cómo volví a dormir, pero al despertar, ya eran las 6. Después de la limpieza, fuimos al desayuno. Estaba nervioso y preocupado por obtener un buen resultado, pero al recordar a mi barrio y a mi familia, logré superar mis miedos.

A las 8 de la mañana, nos formaron para ir al estadio. Todos, ordenados y entonando una canción, marchamos hacia el escenario donde debía enfrentar mis temores y abrirme paso como vencedor. Mis compañeros se dirigieron a la tribuna, mientras que los que íbamos a participar en las diferentes pruebas nos quedamos a un costado de la pista.

De alguna u otra manera, todos tratábamos de calentar, nerviosos. Algunos de mis oponentes tenían una contextura gruesa y eran altos. Cuando nos llamaron para la competencia, mi teniente se acercó a mí y me dijo: "Cienfuegos, toma, utilízalos, te los presto".

"—No, mi teniente", le respondí. "Nunca he corrido con zapatos con clavos, en mi barrio lo hacíamos descalzos y a veces con zapatillas".

"—Prueba", me insistió.

Me quité las zapatillas y me puse los zapatos con clavos. Los ajusté bien y comencé a hacer algunos piques… ¡Ohhh, qué sensación tan extraordinaria! Recordé la noche anterior, aquella fantasía en la que me sentía volar. Era como si estuviera flotando en las nubes.

Mi teniente me preguntó: "¿Y qué tal?"

"Me quedo con ellos", le respondí, convencido.

Llamada del juez de partida

El juez, con su llamado a la línea de salida, provocó en mí una sensación de triunfo. Ya no había miedos, me sentía seguro de que podía ganar la prueba, especialmente porque en el sorteo había obtenido el primer carril.

Juez: ¡A sus marcas, listos… ya!

Las barras y los vítores retumbaban en mi corazón, mientras mi cuerpo se balanceaba en el aire, de manera armónica, acompañado de pensamientos que cruzaban rápidamente por mi mente. Era como si flotara, suspendido en el aire, y para mí, aquellos segundos parecían convertirse en sueños largos e interminables.

A tan solo tres metros de cruzar la meta, mis brazos se abrieron, como queriendo abrazar el aire, ese aire de esperanza que la vida me había reservado, permitiéndome soñar con el triunfo. Un triunfo que se forjó en el trabajo constante del entrenamiento, en la disciplina, la tenacidad y el coraje. Y allí me veían ustedes, cruzando la meta como un rayo, rompiendo la barrera del tiempo, mientras pensaba en mis padres, en mis hermanos y en mi barrio. Ese día, me gané una semana de permiso a Chiclayo, el ascenso a Sargento Segundo, y lo más hermoso de todo: conocer a un amigo, hermano y compañero, años después, en las aulas de la U.N.P.R.G.

Sí, a mi paisano del distrito de La Victoria, a Segundo Bartolomé Curo Quiroz, el "Rey de las pruebas de velocidad", quien llegó segundo en la competencia. Lo reconocí de inmediato por su polo amarillo. Desde aquel momento, nuestra amistad se forjó, una amistad que nació en 1984 y que sigue creciendo, a lo largo del tiempo, en el devenir de nuestras historias.

 


 

La mentira piadosa, por mi querido San José

Retroceder en el tiempo y refugiarnos en él es revivir nuestra historia, aquella que quedó grabada en nuestra memoria, los hechos que marcaron nuestra existencia. Hoy, a la luz de la vida, esos momentos surgen como pétalos de rosa en el jardín de nuestra experiencia.

A mis 12 años, dejando atrás el cajón de lustrabotas y el grito de venta de "marcianos", sin perder la esencia de niño travieso y pendenciero, me aproximaba al umbral de la secundaria, al glorioso y centenario colegio SANJOSE. 1978, el año de la Copa del Mundo en Argentina, la operación Cóndor, la huelga nacional por la crisis económica, y el histórico triunfo de Perú ante Escocia, son solo algunos de los eventos que marcaron nuestra vida.

Ingresar al glorioso colegio era una experiencia extraordinaria. El San José, donde grandes personajes dejaron su huella y su alma.

En los años 80 y 81, ya asomaba la posibilidad de vestirme con el uniforme granate, el legendario conjunto que defendieron extraordinarios jugadores en las épocas estudiantiles. En 1981 y 1982, tuve la suerte de participar en diferentes eventos y campeonatos deportivos escolares, pero fue en 1982 cuando comenzó nuestra epopeya futbolística. Un grupo de gladiadores, guiados por un hombre que nos llevó al triunfo, el hombre que se ganó el corazón de cada miembro de nuestro equipo. Él, con su sabiduría, no solo nos enseñó a jugar al fútbol, sino también a enfrentar la vida, a ser hombres con sueños grandes, siempre guiados por valores.

El 82 fue el año de nuestra consagración. Con esfuerzo y trabajo en equipo, arrasamos con todos nuestros adversarios. Nos convertimos en una máquina de fútbol, fortalecidos en cuerpo, mente y espíritu, y nos coronamos campeones regionales de fútbol escolar. Lo que parecía un sueño se hizo realidad cuando conseguimos el pasaporte para la gran justa nacional de fútbol.

Pero, ¿qué sucedió en 1982? Ese año marcaba también el final de mis estudios secundarios. Sentí una angustia profunda, como si alguien me arrebataría mi sueño, mi victoria. El campeonato de fútbol escolar había terminado, y mi retirada del colegio era inminente. Decía adiós a la oportunidad de participar en la gran final de fútbol escolar, que se celebraría en Lima en 1983. Ya no iría a Lima. En mi mente se repetían pensamientos encontrados: "¿Debo quedarme? ¿Es posible?"

Y fue entonces cuando apareció la mentira piadosa. Me susurró al oído: "Has luchado tanto para llegar hasta aquí, y ahora vas a rendirte tan fácilmente". La opción de "repetir" un año comenzó a tomar forma en mi cabeza. Imaginé ese año extra, la oportunidad de seguir en el colegio, de no perderme la gran final, de vivir esa experiencia que tanto deseaba.

La mentira piadosa fue mi único refugio. "Repítelo, solo un año más", me decía constantemente. No podía permitir que este sueño se escapara, no podía perderme el campeonato nacional.

 Y entonces, la matemática me dio el pretexto perfecto. Aún no dominaba el seno y el coseno, el inglés era igual de complicado, y el arrastre de un curso pasado me ofreció la justificación ideal para emprender el viaje soñado.

Gracias a la promoción 82 y 83, pude lograr mucho más de lo que imaginé, pero, sobre todo, me permitió conocerlos, quererlos y respetarlos.















 



viernes, 19 de junio de 2015

DE VUELTA AL  BARRIO
No vayas por donde el camino te lleve. Ve en cambio por donde no hay camino y deja rastro.


No soy el narrador de cuentos, pero sí escribo lo que he pasado y lo que me pasa, lo que puedo interpretar y, sobretodo, darle lectura a la realidad para paliar algunos problemas propios de  nuestra especialidad; y me siento orgulloso de ser ¡profesor de Educación Física!
Sí, ¡yo soy el de Educación Física! Formo parte de un “cuerpo especial”, de un grupo de docentes privilegiados, de una banda de ilusionados, de los que se conectan con sus alumnos, de los que valoran la educación  en toda su globalidad, de los que tratan de mejorar día a día, de los que se sienten solos en las escuelas, de los que las familias no solicitan su acción tutorial, de los que pasan frío y calor en los patios, de los que todavía les queda mucho por aprender, de los olvidados por la administración... Sí, soy el de Educación Física.
Empiezo por recordar los juegos del ayer: cochecitos de madera, el aro, las canicas, el trompo, kiwi, rayuela, liguerito, salta soga, los yaces y otros juegos más, que daban vida al mundo lúdico del ayer; los juegos que nunca deben desaparecer, los que están en nuestra memoria, los que hemos jugado desde pequeños.

Hoy con nostalgia recuerdo mi infancia caminando por las calles de mi barrio, el incomparable “Barrio Dávila” de  los años70, hoy “José Olaya”. Me imagino los gritos  de los amigos, las palomilladas…Aún puedo percibir el polvo de las calles sin cemento, el sudor de tanto correr al jugar la pega o mata gente, las manos sucias y las uñas negras por el barro al jugar la rayuela; los bolsillos llenos de chapitas (nos sentíamos orgullosos de llevarlas), y las canicas ni qué hablar: punteros perfectos y lecheros al mango; trompos quebrados al ser lanzados en las escasas paredes de cemento hoy convertidas en cemento puro…Ya no están aquellos viejos postes de madera que nos servían de arcos, ni los amigos que nos tomaron la delantera; el Negro, Cacerola, Roberto, Noé, Elmer y los que se fueron a vivir a otros lugares. Inolvidables compañeros de juegos.

Por las noches solíamos jugar al ampay o a las escondidas; recuerdo que nos escondíamos en esas construcciones (urbanización libertadores) que invadieron nuestra privacidad de niños traviesos. El ampay… ¿por qué te fuiste? Vuelve, vuelve…con los apagones para poder estar al lado de nuestros amigos y amigas, especialmente de las amigas, hermosos momentos de ternura infantil… ¿A dónde estás piraña, se te extraña decir la Pandilla Vía Baca”. No sé de dónde se originó ese bendito decir, pero quedó grabado en mi memoria, lo decías cada vez que jugábamos, Negro, Calilo, Jenny, Helen, Fernando, Ronald, Perleche, Gladis…Humberto, Palito…y otros más.



Estoy escribiendo y en el reloj son las 7: y 36 minutos de la mañana del día sábado 31 de agosto del 2013 y vienen a mi mente esos recuerdos de la etapa más linda de la infancia: Mi amigo el Zorro y yo salíamos en busca de envolturas de cigarrillos, era una inocente travesura que guardo en mi memoria, ¿saben lo que hacíamos?- ja,ja,ja- y lágrimas se vienen por mis mejillas, con mezcla de risas y nostalgia…Solíamos recoger la mayor cantidad que podíamos para luego desenvolverlas y darle forma de billetes, así como usan los cobradores de los micros, a cada envoltura dependiendo de la marca le asignábamos un valor monetario; por ejemplo el ducal valía 1 sol, el Premier 50 , el Presidente 200, el Winston….el inca….ya no recuerdo…jajaja.

Por las tardes o por las noches nos poníamos a jugar a la regida…recuerdan? Piedra, papel o tijera…Si la suerte nos sonreía ese día, nos convertíamos en millonarios; en caso contrario, nos convertíamos en pobres porque nos despelucaban…jajaja, ¿recuerdan esa palabra?

Sigo recordando: caminábamos tanto que , no nos dábamos cuenta del tiempo y la distancia, una vez el papá del Zorro me encontró por la fábrica PERULAC , donde se producía la leche y me dijo curita qué haces…..qué haces. Recogiendo chapas pues…respondí con una sonrisa traviesa; el tío años más tarde murió de cáncer. Otra de las anécdotas que puedo contarles es cuando fuimos en busca de canicas por el cerro “APRA” (hoy toda esa zona está poblada),  aquella vez encontramos muchas canicas parecían minas de vidrio; no sé, pero teníamos intuición para encontrarlas habían de todos los colores, éramos como una suerte de los personajes de “Los gallinazos sin plumas”…jajaja, el cuento de julio Ramón Ribeyro. Y saben lo que observamos detrás del cerro, un carro color blanco estacionado que se movía y se detenía…le dije al Zorro sorprendido: mira!.– Curita, me dice, estos están “matándose” -vamos a ver. Nos acercamos sigilosamente sin hacer ruido hasta donde estaba el carro; soltamos las carcajadas y miramos por la ventana del carro, ahí estaba una pareja dando riendas sueltas a su locas travesuras…ja jaja, le dimos puñetes a la luna y emprendimos rauda carrera….ja jaja, corre mano, corre. -hoy el tío nos agarra y nos saca el alma…ja jaja. Hay muchas anécdotas por contar y lo voy a seguir haciendo, pero más adelante.

Amigos recuperemos los juegos tradicionales, para volver a celebrar los tiempos de "Abrir la Puerta para ir a Jugar", para recordar aquellos tiempos fantásticos que vivimos y especialmente para celebrar la niñez, tiempo de asombro y fantasía.

Los niños de aquella época compartíamos, interactuábamos, negociábamos, acordábamos, ejercitábamos  habilidades mentales y destrezas físicas", y también nos sacábamos la mugre… Sobretodo dábamos rienda suelta a nuestra imaginación.

Hoy en la era de la informática, los niños pasan horas pegados a juegos electrónicos y computadoras, olvidando así la delicia de compartir con los abuelos, padres y pares. Los juegos implican mucho más que un pasatiempo.


Revalorar el lugar del juego es revalorar la infancia, es intentar achicar el abismo que existe entre el pensamiento adulto y el universo lúdico  de la niñez… es decir el juego es el lugar de los ensayos y los conjuros. Es un ámbito simbólico y mágico a la vez. Artificio perfecto donde cada episodio, cada pieza, cada jugador, cada jugada se anudan unos con otros formando bellos dibujos que se hacen  y deshacen y se vuelven a armar. Mientras jugamos estamos a salvo: de la deriva, del sinsentido, del vacío.”

“De Vuelta Al Barrio”,  es un proyecto que se me vino a la mente;  iluminada tal vez, al vivir solo; al estar haciendo lectura; al pensar qué hacer...

“De Vuelta Al Barrio”  busca acercarnos a nuestra infancia, a ese ayer como el mío en el “Barrio Del José Olaya” con los juegos que nunca deben desaparecer, y también con los niños de esta generación…  Que éstos se interroguen sobre cuáles han sido los juegos que jugaban sus abuelos cuando eran pequeños, cómo, dónde y con quiénes jugaban. Acercarlos también a la idea de que el ambiente social no siempre fue igual al que ellos conocen, y que los juegos y los juguetes  con los cuáles tienen una relación cotidiana, fueron  cambiando a lo largo del tiempo hasta casi desaparecer por completo.
Pero también es interesante acercarlos a la parcialidad de esos cambios, ya que así cómo es posible  observar la desaparición de ciertos juegos y juguetes, es fácil constatar que algunos perduran gracias a su transmisión de una generación a otra.




Lic. David Cienfuegos Adrianzén (Curita)
Camiloche_22@hotmail.com


Editor: Luis Sánchez Agurto
Revista:Todas Las Calipsos Son Del Viento
Adscrito a la columna: Pedagogía De La Liberación Cultural
leyendoparaserlibre@hotmail.com